Piscina Somerset
Somerset, Virginia
10 de Enero
La piscina interior, había existido por muchas épocas. Sus paredes habían visto a incontables niños crecer, y albergado a generaciones de nadadores en la misma extraña y reflexiva oscuridad. Los nadadores la encontraban relajante, era como si el viejo lugar fuera un mundo en si mismo, y cuando tu nadabas ahí, te sumergías en otra dimensión o tal vez incluso en el pasado. Pocas personas estaban en las instalaciones esa tarde. Un espacio de “Nado libre”, en el que también estaba Cheryl Cunningham, una atractiva y joven programadora de computadoras de Somerset, sentada en el borde de la piscina en un traje de baño fucsia.
Cheryl tenía 34, de cuerpo delgado y atlético, tenía su cabello rubio atado en una cola de caballo, y nadar era su ejercicio favorito. Ella prefería momentos como estos, donde había pocas personas, era extrañamente relajante, como una iglesia donde podías acudir a rezar.
Se sumergió en la piscina y empezó a nadar. Luego de dar una vuelta, fue hasta el borde de la piscina y tiró su brazalete médico antes de volver a su rutina.
Cheryl no se había percatado que alguien la observaba, estudiándola. Un hombre nadaba en paralelo a ella, pero bajo el agua, sus cabellos oscuros lucían como algas. Cuando finalmente salio a la superficie, sus ojos rojos continuaban observándola, y ella aún no lo notaba. Tal vez a una atractiva rubia como Cheryl no le sorprendía llamar la atención de un nadador masculino.
Solo que este nadador masculino, la miraba con una intensidad nada inocente. Y, como otra joven mujer había hecho recientemente, Cheryl podría mirar su angular cara y pensar: Rasputin.
45 minutos después, cuando Cheryl salía del lugar hacía el estacionamiento, aún seguía sin notar que alguien la observaba. En realidad ella se sentía sola, y la soledad en esta oscura tarde le agradaba. A pesar del frío, y su reciente nado, ella se sentía calida bajo la parka que llevaba sobre el suéter cuello de tortuga, los jeans, guantes y botas para nieve. Estaba lista para el invierno.
Ella abrió la puerta del piloto de su Subaru y tiró la bolsa de gimnasia dentro. Luego subió al auto y lo encendió. Detrás de ella una pick-up de ¾ toneladas empezó a andar despacio mientras ella se preparaba para salir al camino. Ella prendió la radio y pronto estuvo en el camino lleno de nieve que la llevaría de regreso a casa.
Pero blancos copos comenzaron a caer. Por Dios! Que invierno, pensó Cheryl. Pero la tormenta solo aumentó, quitándole visibilidad. Y como el limpia brisas luchaba por sacar la nieve de su luna, Gwen Stafaní cantaba “It’s My Life”. Cheryl cantaba también, no fuerte, solo acompañaba.
Las luces traseras de un auto brillaban rojas delante.
Bien, pensó. Puedo atarme a ese auto y hacer que me saque de este lugar.
Luego vio bien el auto, y se dio cuenta que era la ¾ pick up de nuevo, y no era algo por lo que quisiera ser remolcada. El vehículo estaba delante de ella por el lado derecho, y con esta nieve, tal vez no era buena idea tratar de pasarlo.
Cautelosamente, se acercó al gran vehículo, y vio que había espacio suficiente para que pasara por la izquierda, así que aumentando la velocidad, dirigió el Subaru hacía ese lugar.
Pero cuando empezaba a pasar al camión, la maquina se acercó hacia ella, tal vez el conductor no la había visto. Luego, después de su momento de pánico, el pequeño auto pareció entrar en pánico también, y ella perdió el control del vehículo.
Ella sintió que era lanzada por la camioneta, y luego se vio manejando, pero fuera del camino. El auto pasaba por la nieve hasta que paró abruptamente al chocar con un montículo de nieve acumulada, mientras la bolsa de aire se activaba.
Consiente pero mareada, Cheryl no se dio cuenta de la silueta que se aproximaba hasta que estuvo sentada, así como tampoco notó que estaba enterrada hasta que limpio la ventana. Respirando fuertemente, se acercó a mirar por la ventana del copiloto a la camioneta que se había detenido, y vio a su conductor descender de ella. El caminaba hacia ella, solo una silueta moviéndose entre el blanco de la nieve.
Su recatista llevaba algo sobre su brazo, una manta doblada, tal vez. Alto, vestía un abrigo, jeans oscuros y botas para la nieve, y sus cabellos eran largos y negros, su rostro angular con una apariencia Apache. Luego de un momento, estuvo al lado de la ventana del copiloto, y se agachó para verla.
A través del vidrio, Cheryl gritó, “Hola…Dios! Estoy feliz de verlo, creo que estoy bien”
Pero, extrañamente, el se movió de la ventana y saltó sobre el capo del Subaru, y empezó a caminar. ¿Qué demonios esta haciendo?
Luego saltó sobre la nieve al lado del conductor, y ella pudo ver sus manos descubiertas. ¿No guantes con este frío? Pudo ver una cortada grande en su mano derecha, y cicatrices en ambas manos…
¿Estaba inconsciente? ¿Estaba alucinando?
Luego vio su rostro sobre la ventana, mirándola, con una horrible y aterradora oscuridad en su mirada; su oscuro y grasoso cabello cayendo sobre sus hombros.
Rasputin, pensó ella.
Cuando la ventana se rompió, ella comenzó a gritar, pero nadie la escuchó. Siguió gritando mientras peleaba, pero nadie vino. La nieve caía más fuerte ahora, y nadie era tan tonto como para conducir en estas condiciones. No había nadie para que escuchara los gritos ni el sonido del motor de la camioneta en espera ni ver caminar a su conductor arrastrando algo.
Una bolsa negra.
Con algo dentro.
Algo con la forma y tamaño exacto de Cheryl Cunningham.






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