Capítulo 7
Virginia Rural
11 de Enero
En esta tierra sin hombres, la nieve del camino se había reducido a una delgada capa. Eran casi las 2 de la mañana cuando la pick up se acercó con sus grandes llantas rompiendo la nieve a su paso, como una gran bestia que no puede ser molestada por diminutos obstáculos.
El vehículo, que horas antes había sacado del camino a una mujer, se dirigió hasta una de las laderas de la colina. El conductor se detuvo y bajo de la cabina. Vestía un abrigo y jeans, que lo mantenían abrigado junto a su largo, oscuro y grasoso cabello. Y una mirada que había hecho pensar a dos mujeres en la misma persona.: Rasputin.
Su nombre por supuesto no era Rasputin, aunque si era Ruso, y el frió de la zona no significaba nada para él. Fue hasta la parte trasera del camión y sacó una bolsa negra de plástico de ella. Anteriormente, había colocado a una joven mujer en una bolsa negra, aunque esta vez, la bolsa parecía estar llena de objetos de distintas formas, como si hubiera pasado la tarde recolectándolos en un campo de batalla.
La arrastro por la nieve con sus manos desnudas, a pesar del frío, que dejaban ver una cortada reciente. Llevó el paquete montaña arriba, pero cuando llegó a la cima, retrocedió inmediatamente.
Allá abajo, la mayoría en casacas negras con las letras FBI en amarillo brillante, estaba un grupo de búsqueda, incluidos los ex – agentes Fox Mulder y Dana Scully, aunque claro el ruso no sabía esto, y aún si lo hubiera sabido no hubiera tenido mayor importancia. Su reacción fue casi infantil: Maldijo en ruso, pateó y escupió a la nieve mostrando su descontento.
De haberlo encontrado, el equipo hubiera resuelto el caso bastante rápido. Pero no lo hicieron. Ellos no vieron la larga y amenazante figura mirándolos con ojos llenos de ira.
Maldiciendo nuevamente, regresó a su camioneta arrastrando la bolsa tras él, lo que lo hacía lucir como un siniestro Papa Noel. Nadie lo vio irse. No había ningún otro vehiculo en el camino. Estaba solo.
Y solo con su auto, volvió a la oscuridad del camino. Nadie lo oyó, quizás el equipo lo percibió a distancia sin darle importancia a esta señal de vida en medio de la nada. Aunque vida no estaba exactamente bien dicho…
El vehiculo se detuvo delante de una puerta metálica, detrás de la cual se podían observar 4 traileres sujetados por unos tacos de madera. Perros ladraron en el interior al escuchar el vehiculo. El ruso bajó de la cabina, el motor aún encendido volvían locos a los perros, y abrió la puerta.
En algún lugar dentro de las instalaciones, Cheryl aún trataba de definir los límites de su nuevo mundo. Ella acababa de despertar, y no podía recordar por cuanto tiempo estuvo inconciente. Llo primero en que reparo fue que su ropa había sido cambiada por prendas blancas, que ella pensó eran algún tipo de indumentaria médica. Solo le habían dejado sus calcetines.
Cheryl estaba en una caja de madera, no era pequeña, pero tampoco lo suficientemente grande para que pudiera pararse. La madera olía a nueva, y tenia unos orificios para dejar entrar la luz y el aire. Recordó las cajas que tenia de pequeña y donde capturaba polillas.
Su cabello estaba desordenado, y solo podía escuchar a los perros ladrar una y otra vez. Ella estaba sentada, mirando a través de uno de los hoyos, tratando de descubrir donde estaba, sus ojos llenos de miedo. Solo podía ver una parte del rompecabezas, y lo que veía no le decía mucho. Se movió hacía otro de los hoyos, esta vez pudo ver jaulas, no de madera como la suya, si no de metal con barras como paredes, y lo que contenían las jaulas era la causa de los ladridos: perros exaltados, ladrando a la nada, ojos salvajes, saliva cayendo de la boca.
Pit Bulls.
Ella fue a mirar por otro hoyo. Una pared de plástico, igual a la que verías en un congelador de carne, separaba la ‘perrera’ de una habitación iluminada. A través del plástico pudo ver e figuras moverse como sombras.
“Déjenme salir”, lloró. “Por favor, déjenme salir”
Pero las figuras detrás de la pared de plástico parecieron no escucharla.
“Tengo frío. Por favor”
Una de las figuras salió de la habitación. En un primer momento todo lo que vio fue la vestimenta blanca, el gorro de cirugía, y los zapatos negros. Luego reconoció lo que era un alto, y delgado hombre, mayor, en sus sesentas, con expresiones poco comunes, que se acercó a ella.
Por primera vez, ella sintió esperanza.
Un hombre mas joven, también en vestimenta de hospital, salio de la cortina de plástico y se unió al doctor. Ambos hablaban en un lenguaje que Cheryl no sabia, pero supuso, era ruso. La miraban, la señalaban
Cuando trato de llamar la atención de los hombres que discutían sobre ella, pareció volverse invisible.
“Por favor, déjenme salir de aquí”
Nada.
Una mujer salió de detrás del plástico, también vestida con indumentaria medica, con una manta. El primer doctor, tomó la manta de sus manos, y le sonrió. Luego volteó hacia la jaula de Cheryl, y se puso en cuclillas para hablarle. Su tono era gentil, hasta reconfortante, pero su ruso era griego para ella.
“Ayúdeme por favor” le dijo. Lo miró fijamente, y sin quitarle la vista volvió a hablar, “No quiero morir”.
El le dijo algo en su incomprensible idioma, y comenzó a introducir la manta por uno de los orificios que era más grande que el resto. Probablemente era por donde introducían la comida.
“Por favor”
El doctor dijo algo también en ruso. Luego le dio una de las sonrisas que había visto antes, se paró, dio media vuelta y empezó a caminar hacia la cortina, desapareciendo tras ella convirtiéndose en otra sombra.
El hombre y la mujer en vestimenta de hospital permanecieron con Cheryl, y se aproximaron a su jaula. Ella podía sentir al hombre abrir algo, la mujer ayudaba.
¿Acaso la estaban dejando ir?
“No le diré a nadie”, dijo. “Solo déjenme ir…nadie lo sabrá”
Pero ellos no habían abierto la jaula, si no que habían activado un mecanismo que la levantaba, separándola del piso. Luego de un momento se dio cuenta que estaba siendo movilizada. Aún observaba por los orificios.
Pero aunque observaba, seguía gritando. “No hagan esto, por favor no hagan esto. Déjenme ir y no daré ningún problema…Lo juro…”
La condujeron a través de la cortina de plástico, dejándola ver lo que parecía ser material de laboratorio, instrumentos de medida…
¿Qué?
Luego pararon.
La mujer, tal ves otro doctor o enfermera, cambio la jaula de posición. Y aunque los perros habían cesado de ladrar, unos humanos estaban haciendo su equivalente, era una conmoción en progreso, al parecer una discusión se llevaba a cabo en ese lenguaje.
Cheryl fue hasta otro agujero, y no le sorprendió ver al sujeto que la había secuestrado gritándole al doctor, claramente enojado. Los hombres solo lo veían mientras Rasputin los gritaba.
Ella se movió hacia otro de los agujeros, buscando un mejor ángulo, y vio algo que le quito el aliento: Un hombre junto a ella.
Tal vez era otra victima, o un paciente porque estaba echado sobre una camilla cubierto con una sabana, solo su cabeza estaba al descubierto. Cheryl no reconocía a este hombre, pero la otra mujer secuestrada, Mónica Bannan, lo hubiera hecho porque tenía la mejilla derecha marcada por el instrumento de jardinería de ella.
Para Cheryl, de cualquier manera, podía ser un potencial aliado. Su cara, era suave y sus ojos casi femeninos.
Y esos ojos voltearon a verla, y luego volvieron a su estado original.
Ella susurró: “Por favor….déjame salir…y te ayudaré”
Sus labios se movieron, pero nada salio de ellos.
“Levántate de ahí” le susurró. “tienes que levantarte y ayudarme”.
La discusión en el fondo seguía en ruso, ya se había convencido de ello. El doctor, el mayor de ellos, estaba finalmente respondiendo a Rasputin.
“Por favor” le dijo a la figura, sus ojos rogaban tanto como su voz.
El trató de levantarse, o es lo que le pareció a Cheryl. Trataba de hablar, pero no podía, no importaba cuanto lo intentaba. Ella pudo ver en esos hermosos ojos. Dolor. Definitivamente, el también era un victima.
Ella podía sentir las lagrimas apunto de salir, pero se dijo que no debía hacerlo.
La cabeza empezó a llorar. A sollozar, lágrimas caían por sus mejillas hasta las blancas sabanas tiñéndolas de rojo.
El paciente estaba llorando lágrimas de sangre.
Y Cheryl, supo que a pesar de todo por lo que había pasado, aún era capaz de experimentar miedo.
11 de Enero
En esta tierra sin hombres, la nieve del camino se había reducido a una delgada capa. Eran casi las 2 de la mañana cuando la pick up se acercó con sus grandes llantas rompiendo la nieve a su paso, como una gran bestia que no puede ser molestada por diminutos obstáculos.
El vehículo, que horas antes había sacado del camino a una mujer, se dirigió hasta una de las laderas de la colina. El conductor se detuvo y bajo de la cabina. Vestía un abrigo y jeans, que lo mantenían abrigado junto a su largo, oscuro y grasoso cabello. Y una mirada que había hecho pensar a dos mujeres en la misma persona.: Rasputin.
Su nombre por supuesto no era Rasputin, aunque si era Ruso, y el frió de la zona no significaba nada para él. Fue hasta la parte trasera del camión y sacó una bolsa negra de plástico de ella. Anteriormente, había colocado a una joven mujer en una bolsa negra, aunque esta vez, la bolsa parecía estar llena de objetos de distintas formas, como si hubiera pasado la tarde recolectándolos en un campo de batalla.
La arrastro por la nieve con sus manos desnudas, a pesar del frío, que dejaban ver una cortada reciente. Llevó el paquete montaña arriba, pero cuando llegó a la cima, retrocedió inmediatamente.
Allá abajo, la mayoría en casacas negras con las letras FBI en amarillo brillante, estaba un grupo de búsqueda, incluidos los ex – agentes Fox Mulder y Dana Scully, aunque claro el ruso no sabía esto, y aún si lo hubiera sabido no hubiera tenido mayor importancia. Su reacción fue casi infantil: Maldijo en ruso, pateó y escupió a la nieve mostrando su descontento.
De haberlo encontrado, el equipo hubiera resuelto el caso bastante rápido. Pero no lo hicieron. Ellos no vieron la larga y amenazante figura mirándolos con ojos llenos de ira.
Maldiciendo nuevamente, regresó a su camioneta arrastrando la bolsa tras él, lo que lo hacía lucir como un siniestro Papa Noel. Nadie lo vio irse. No había ningún otro vehiculo en el camino. Estaba solo.
Y solo con su auto, volvió a la oscuridad del camino. Nadie lo oyó, quizás el equipo lo percibió a distancia sin darle importancia a esta señal de vida en medio de la nada. Aunque vida no estaba exactamente bien dicho…
El vehiculo se detuvo delante de una puerta metálica, detrás de la cual se podían observar 4 traileres sujetados por unos tacos de madera. Perros ladraron en el interior al escuchar el vehiculo. El ruso bajó de la cabina, el motor aún encendido volvían locos a los perros, y abrió la puerta.
En algún lugar dentro de las instalaciones, Cheryl aún trataba de definir los límites de su nuevo mundo. Ella acababa de despertar, y no podía recordar por cuanto tiempo estuvo inconciente. Llo primero en que reparo fue que su ropa había sido cambiada por prendas blancas, que ella pensó eran algún tipo de indumentaria médica. Solo le habían dejado sus calcetines.
Cheryl estaba en una caja de madera, no era pequeña, pero tampoco lo suficientemente grande para que pudiera pararse. La madera olía a nueva, y tenia unos orificios para dejar entrar la luz y el aire. Recordó las cajas que tenia de pequeña y donde capturaba polillas.
Su cabello estaba desordenado, y solo podía escuchar a los perros ladrar una y otra vez. Ella estaba sentada, mirando a través de uno de los hoyos, tratando de descubrir donde estaba, sus ojos llenos de miedo. Solo podía ver una parte del rompecabezas, y lo que veía no le decía mucho. Se movió hacía otro de los hoyos, esta vez pudo ver jaulas, no de madera como la suya, si no de metal con barras como paredes, y lo que contenían las jaulas era la causa de los ladridos: perros exaltados, ladrando a la nada, ojos salvajes, saliva cayendo de la boca.
Pit Bulls.
Ella fue a mirar por otro hoyo. Una pared de plástico, igual a la que verías en un congelador de carne, separaba la ‘perrera’ de una habitación iluminada. A través del plástico pudo ver e figuras moverse como sombras.
“Déjenme salir”, lloró. “Por favor, déjenme salir”
Pero las figuras detrás de la pared de plástico parecieron no escucharla.
“Tengo frío. Por favor”
Una de las figuras salió de la habitación. En un primer momento todo lo que vio fue la vestimenta blanca, el gorro de cirugía, y los zapatos negros. Luego reconoció lo que era un alto, y delgado hombre, mayor, en sus sesentas, con expresiones poco comunes, que se acercó a ella.
Por primera vez, ella sintió esperanza.
Un hombre mas joven, también en vestimenta de hospital, salio de la cortina de plástico y se unió al doctor. Ambos hablaban en un lenguaje que Cheryl no sabia, pero supuso, era ruso. La miraban, la señalaban
Cuando trato de llamar la atención de los hombres que discutían sobre ella, pareció volverse invisible.
“Por favor, déjenme salir de aquí”
Nada.
Una mujer salió de detrás del plástico, también vestida con indumentaria medica, con una manta. El primer doctor, tomó la manta de sus manos, y le sonrió. Luego volteó hacia la jaula de Cheryl, y se puso en cuclillas para hablarle. Su tono era gentil, hasta reconfortante, pero su ruso era griego para ella.
“Ayúdeme por favor” le dijo. Lo miró fijamente, y sin quitarle la vista volvió a hablar, “No quiero morir”.
El le dijo algo en su incomprensible idioma, y comenzó a introducir la manta por uno de los orificios que era más grande que el resto. Probablemente era por donde introducían la comida.
“Por favor”
El doctor dijo algo también en ruso. Luego le dio una de las sonrisas que había visto antes, se paró, dio media vuelta y empezó a caminar hacia la cortina, desapareciendo tras ella convirtiéndose en otra sombra.
El hombre y la mujer en vestimenta de hospital permanecieron con Cheryl, y se aproximaron a su jaula. Ella podía sentir al hombre abrir algo, la mujer ayudaba.
¿Acaso la estaban dejando ir?
“No le diré a nadie”, dijo. “Solo déjenme ir…nadie lo sabrá”
Pero ellos no habían abierto la jaula, si no que habían activado un mecanismo que la levantaba, separándola del piso. Luego de un momento se dio cuenta que estaba siendo movilizada. Aún observaba por los orificios.
Pero aunque observaba, seguía gritando. “No hagan esto, por favor no hagan esto. Déjenme ir y no daré ningún problema…Lo juro…”
La condujeron a través de la cortina de plástico, dejándola ver lo que parecía ser material de laboratorio, instrumentos de medida…
¿Qué?
Luego pararon.
La mujer, tal ves otro doctor o enfermera, cambio la jaula de posición. Y aunque los perros habían cesado de ladrar, unos humanos estaban haciendo su equivalente, era una conmoción en progreso, al parecer una discusión se llevaba a cabo en ese lenguaje.
Cheryl fue hasta otro agujero, y no le sorprendió ver al sujeto que la había secuestrado gritándole al doctor, claramente enojado. Los hombres solo lo veían mientras Rasputin los gritaba.
Ella se movió hacia otro de los agujeros, buscando un mejor ángulo, y vio algo que le quito el aliento: Un hombre junto a ella.
Tal vez era otra victima, o un paciente porque estaba echado sobre una camilla cubierto con una sabana, solo su cabeza estaba al descubierto. Cheryl no reconocía a este hombre, pero la otra mujer secuestrada, Mónica Bannan, lo hubiera hecho porque tenía la mejilla derecha marcada por el instrumento de jardinería de ella.
Para Cheryl, de cualquier manera, podía ser un potencial aliado. Su cara, era suave y sus ojos casi femeninos.
Y esos ojos voltearon a verla, y luego volvieron a su estado original.
Ella susurró: “Por favor….déjame salir…y te ayudaré”
Sus labios se movieron, pero nada salio de ellos.
“Levántate de ahí” le susurró. “tienes que levantarte y ayudarme”.
La discusión en el fondo seguía en ruso, ya se había convencido de ello. El doctor, el mayor de ellos, estaba finalmente respondiendo a Rasputin.
“Por favor” le dijo a la figura, sus ojos rogaban tanto como su voz.
El trató de levantarse, o es lo que le pareció a Cheryl. Trataba de hablar, pero no podía, no importaba cuanto lo intentaba. Ella pudo ver en esos hermosos ojos. Dolor. Definitivamente, el también era un victima.
Ella podía sentir las lagrimas apunto de salir, pero se dijo que no debía hacerlo.
La cabeza empezó a llorar. A sollozar, lágrimas caían por sus mejillas hasta las blancas sabanas tiñéndolas de rojo.
El paciente estaba llorando lágrimas de sangre.
Y Cheryl, supo que a pesar de todo por lo que había pasado, aún era capaz de experimentar miedo.






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