Hospital General de Somerset
Somerset, Virginia
11 de Enero
En la morgue, una recientemente muerta mujer, estaba recibiendo la clásica incisión en Y de una experta patóloga. Esas manos estuvieron rápidamente en la cavidad del estomago, trabajando en el hígado como si estuviera preparando un pavo para Acción de Gracias.
La patóloga, una alta y atractiva mujer de unos sesenta años, en su traje quirúrgico verde y gorro, separaba el hígado de las viseras y lo removía del cuerpo, sujetándolo en sus manos suavemente, para colocarlo en una bandeja llena de hielo que estaba colocada sobre el pecho.
La atlética figura en el abrigo negro y gris de transportista se veía fuera de lugar en ese ambiente esterilizado, con sus rudas facciones y sus negros cabello que habían hecho pensar a las mujeres secuestradas en Rasputín.
El ruso con guantes de látex, cerró la bandeja con hielo, y entregó unos formularios a la doctora para que firme, lo cual ella hizo. Luego la patóloga, se movió hacia su siguiente paciente muerto, mientras el ruso, colocando los formularios bajo su brazo, llevaba el paquete en la otra. El podría haber sido un trabajador en su hora de almuerzo.
Caminaba rápidamente a través de un corredor lleno de personas, sin hablar con nadie. Se paró frente al elevador, y presionó el botón de bajada, y esperó.
Somerset, Virginia
11 de Enero
En la morgue, una recientemente muerta mujer, estaba recibiendo la clásica incisión en Y de una experta patóloga. Esas manos estuvieron rápidamente en la cavidad del estomago, trabajando en el hígado como si estuviera preparando un pavo para Acción de Gracias.
La patóloga, una alta y atractiva mujer de unos sesenta años, en su traje quirúrgico verde y gorro, separaba el hígado de las viseras y lo removía del cuerpo, sujetándolo en sus manos suavemente, para colocarlo en una bandeja llena de hielo que estaba colocada sobre el pecho.
La atlética figura en el abrigo negro y gris de transportista se veía fuera de lugar en ese ambiente esterilizado, con sus rudas facciones y sus negros cabello que habían hecho pensar a las mujeres secuestradas en Rasputín.
El ruso con guantes de látex, cerró la bandeja con hielo, y entregó unos formularios a la doctora para que firme, lo cual ella hizo. Luego la patóloga, se movió hacia su siguiente paciente muerto, mientras el ruso, colocando los formularios bajo su brazo, llevaba el paquete en la otra. El podría haber sido un trabajador en su hora de almuerzo.
Caminaba rápidamente a través de un corredor lleno de personas, sin hablar con nadie. Se paró frente al elevador, y presionó el botón de bajada, y esperó.
Mientras esperaba, notó a un grupo de personas en el pasillo: dos policías uniformados y un hombre de cabellos negro en traje, hablando con la enfermera, una atractiva morena que lo había ayudado en la morgue hacía un momento.
Y ahora, lo estaba apuntando.
O a alguien en su dirección. Volteó nuevamente hacia el elevador que parecía no querer llegar, tratando de no mostrar su nerviosismo, sabiendo que esos dos policías y ese hombre se dirigían hacia él.
Mirándolo…
Las puertas del elevador se abrieron, y el ruso entró. Los policías y el sujeto en traje, estaban a unos metros del elevador, cuando el sonrió al sentirse libre.
Luego una mano alcanzó las puertas antes de que se cerraran, dejándolo al descubierto ante los uniformados y el sujeto en traje.
El hombre de cabello oscuro le habló, “¿Podríamos hablar con usted un momento?”
“Estoy transportando un órgano vital”, dijo el Ruso. Su acento era débil, pero sus palabras precisas. Sólo esperaba que la ira que estaba sintiendo se quedara en su interior. Él no sabia que sus oscuros ojos estaban llenos de una intensidad que sólo podía trabajar contra él.
El hombre en traje sonrió,” Es sobre eso que queremos hablar con usted…”
“No creo que entienda”.
Uno de los policías, cuyo hombro mantenía la puerta del elevador abierta, habló “Por favor, de un paso fuera del elevador. Ahora”
“Mi nombre es Robert Koell”, dijo el hombre en traje. “Trabajo con la oficina del fiscal del distrito en Richmond. ¿Podría ver sus documentos y licencia?”
Papeles bajo el brazo, el ruso dudó, luego bajó la maleta. “tengo que sacar mi billetera.”
El hombre asintió. “Adelante”
Los ojos de los policías estaban sobre el ruso como magnetos al metal, mientras él sacaba la billetera de su bolsillo. Miró en ambas direcciones, sin ninguna idea de que estaba convenientemente atrayendo su atención en él.
Él ruso dijo, “Tengo green card”
“Bien”, dijo Koell, ”¿Qué esta transportando?”
“Hígado humano para transplante”
“Sus papeles y licencia, por favor”
“Están haciéndome perder el tiempo. ¡Están arriesgando una vida!”
“Sus documentos y licencia”
El ruso se la entregó.
“¿Y a dónde está transportando este hígado?"
“Cedars of Lebanon. Lo esperan. Hay un paciente esperando por él.”
Los ojos de DA eran fríos. “¿alguna vez ha entregado un órgano fuera de los canales de la ley?”
“¡No!”
“¿Se lo han propuesto?”
“¡No!”
Koell señaló la carpeta con documentos bajo el brazo. “¿Es empleado de esta empresa?”
“Si”
“¿Cómo respondería su jefe a estas preguntas?”
“Mi jefe esta enfermo. Tiene cáncer”
“Eso no fue lo que le pregunte, Sr. Dacyshyn.”
“¿Estoy bajo algún tipo de sospecha? Estoy haciendo un buen trabajo y ustedes están haciéndome perder mi tiempo.”
Koell señaló unas bancas a un costado del elevador y dijo, “Tome asiento, señor.”
“No quiero tomar asiento…”
El policía habló antes de que pudiera decir algo: “Tome asiento, señor…”
El ruso lo pensó. El podía escapar, eso era cierto. Esos hombres no lo intimidaban a pesar de sus armas. Pero un hospital era un mal lugar para hacerlo.
Así que se sentó, con la maleta en las rodillas.
Su ansiedad aumentó mientras veía al AD sacar su celular y marcar un número en discado rápido.






0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada