22 de marzo de 2009

I want to believe: El libro Parte XXI

Dormitorios para Agresores sexuales
Richmond, Virginia
11 de Enero

Con su abrigo de Cashimere, Dana Scully se detuvo delante de la puerta, dudando. No podía creer que había conducido atravesando la ciudad de noche para llegar hasta allí. ¿Es que acaso estaba tan exhausta, tan emocionalmente retraída que se había convertido en sonámbula y empezado a caminar durante una pesadilla?

Y aún así toco.

La respuesta demoró en llegar, pero lo hizo, cuando un sorprendido Padre Joe abrió la puerta vistiendo su bata y pantuflas, su cabello gris lucía más desordenado que de costumbre, como si fuera el resultado de haber metido el dedo en un enchufe.

“Estoy teniendo una visión”, dijo, “si es que alguna vez tuve una…”

Scully no estaba para aguantarlo. Necesitaba acabar con esto, así que tentativamente preguntó. “¿Puedo hablar con usted?”

El ex – sacerdote no respondió. Ella podría haberlo azotado con una toalla mojada en ese mismo momento, por la manera en que la estaba mirando, con la boca abierta.

Luego su expresión cambió para dar paso a una mas humana, gentil si era posible, y dijo. “Dra. Scully. Nada me gustaría mas.”

Terminó de abrir la puerta, y se puso a un costado dándole espacio para que ingresara, y haciendo un movimiento con su mano, habló. “¿Le gustaría pasar?”

Scully entró, pasando por su costado, visiblemente incomoda, y casi saltó cuando sintió la puerta cerrarse, fuerte, detrás de ella.

Una vez más, se encontraba en la opaca, gris y sórdida sala. Esta noche David Letterman estaba en la televisión, recibiendo muchas carcajadas. Una manta y una almohada estaban en el sofá, (¿Es que acaso el padre Joe había estado durmiendo aquí?), un cenicero lleno de cigarrillos estaba sobre la mesa del costado. El humo y olor del tabaco eran como una cortina en la habitación. El mundo del ex – sacerdote era uno frio y desolado.

¿Cuántas veces ella y Mulder habían discutido sobre cómo el mal podía ocultarse tras las cosas más ordinarias? Y ahí estaba, parada en este departamento sintiendo que acaba de pasar por las mismas puertas del infierno.

“Siéntase cómoda”, dijo el sacerdote, indicando el sofá.

“No me quedaré mucho”, negó con la cabeza.

Él pasó detrás de ella, muy cerca, en su camino al sofá; pero cuando llegó a ella, no se sentó…solo se quedó parado, mirándola.

“¿Ha venido sola?”, preguntó.

No, el lugar está rodeado, y si hace el menor movimiento, que Dios le ayude, porque el equipo de rescate lo atrapará como Bonnie and Clyde…

“Si”, admitió.

¿Por qué la estaba mirando así? ¿Quería probar sus agallas? ¿Intimidarla? O tal vez sólo asustarla.

Como fuera el caso, finalmente se sentó en el sofá, diciendo. “Siéntese, por favor. Insisto.”

Ella miró alrededor buscando algún otro lugar para sentarse, pero no encontró ninguno; finalmente dejando un gran espacio entre ellos, se sentó junto a él en el sofá. Ella debía tratarlo con respeto, después de todo, era ella la que lo había buscado, él no la había invitado.

“Ahora,” dijo él, poniendo sus manos sobre su regazo. “Esta aquí para preguntarme algo”.

Ella asintió, y el sonrió con gentileza, y aparentemente sintiendo su recelo.

“Estamos solos”, dijo, “Mi compañero no esta aquí. Es libre para hablar en confidencia”

Genial. Eso es exactamente lo que estaba buscando, estar a solas con este depravado…como si mi piel no estuviera lo suficientemente petrificada.

Ella lo miró. “¿Usted me dijo algo la otra noche”

Él asintió, “Así es”

“Ayer. En la nieve…”

“Sí. Dije: No te rindas”

Ahora fue el turno de Scully de asentir. Ella se sintió extrañamente aliviada de que el Padre Joe se hubiera anticipado a su pregunta.

“Necesito saber”, dijo, “Por qué lo dijo”

“No tengo la mas mínima idea, honestamente”

Ella se le quedó mirando.

Sus cejas se levantaron, y sonrió con un rastro de vergüenza por no dar la respuesta que esperaba, “Estaba esperando otra respuesta”

Ella volteó. Sus pensamientos la habían agobiado durante todo el camino hasta aquí, aún lo hacían. Se detuvo un momento para calmarse, luego preguntó, “¿Sabe algo de mí?”

Su sonrisa bien podía ser de satisfacción. “¿Además de que me desprecia, mi niña?”

“¿Alguna vez ha leído sobre mí, en periódicos o revistas? ¿Me ha investigado en el Internet?”

“No. Ni siquiera tengo una computadora”

Ella intentó otra vez. “¿Sabe lo que hago? ¿Lo que solía hacer, lo que hago ahora…?”

“No. Pero puedo ver que es una mujer de fe”

No era necesario ser psíquico para saberlo: la cruz de oro sobre su cuello pudiera haberle dado esa misma respuesta a cualquier remedo de psíquico, tal y como le había dicho a Mulder.

Luego el sacerdote añadió: “Pero es diferente a la de su esposo...”

“Él no es mi esposo”

¿Porque lo había dicho tan a la defensiva? Podría haber jurado que el ex – sacerdote se había percatado de eso, y notó que sus ojos fueron de su cara a la cruz sobre su cuello.

“¿Quieres contarme algo sobre ti, mi niña?”

“No”

“¿Quisieras…quisieras confesarte?”

Ella lo miró con una mezcla de horror y disgusto. “No creo que esta en posición para...”

“¿Qué, juzgar? Probablemente no. ¿Pero acaso usted no me ha juzgado?”

Ella rió, una vez, sarcásticamente, “¿Es que acaso no merece ser juzgado?”

“¿Cómo un predador, se refiere? ¿Un pedófilo? ¿Una abominación en el reino terrenal del Señor?”

“Algo como eso. Si”

Él sonrió educadamente, lo que la enfermó aún más. “Y aún así, Dra. Scully, ¿No soy acaso una creación de Dios al igual que usted?”

Ella se puso de pie. “No creo que siquiera Dios lo reclame como suyo…no después de las cosas que hizo a esos niños”

Ella estaba a mitad de camino de la puerta, cuando su voz volvió a sonar: “¿Sabe por qué vivimos aquí? ¿Por qué llamamos esta caja de monstruos casa?”

Ella volteó a mirarlo.

Él prosiguió: “Vivimos aquí porque odiamos al otro tanto como a nosotros mismos. Por nuestros apetitos enfermizos”

Ella mordió su labio superior. “Eso no los hace menos enfermizos”

Él abrió los brazos hacia el cielo. “¿Y de donde vienen estos apetitos? ¿Estos incontrolables impulsos?

“No de Dios”, respondió ella.

“No de mí”, dijo el Padre Joe, “Me castré a los 26”

Eso la golpeó. Esto era el infierno, pero era el infierno del Padre Joe, y ella necesitaba salir de ahí. Caminó hacia la puerta.
.
“Y”, añadió el sacerdote, “Tampoco pedí por estas visiones”

Ella se detuvo con una mano en la perilla. Volvió a mirarlo.

Él habló, “Proverbios 25:2”

Ella frunció el ceño, ofendida. “¿Qué?”

“La gloria de Dios es ocultar las cosas, pero el honor de los Reyes está en investigarlas”

“¡No se atreva a recitarme las escrituras!”

Tranquilamente él dijo, “¿Por qué vino aquí?”

Ella no respondió, temblaba. Su mano seguía en la perilla… pero no se movía.

Padre Joe preguntó, “¿A qué temes, hija mía?”

Seria, habló. “Usted dijo: No te rindas ¿Por qué? ¿Por qué lo dijo?”

Él negó con la cabeza, sus cabellos parecían serpientes moviéndose.

Scully, enfadada, lo miró y exigió una repuesta. “¿Por qué lo dijo?”.

Sus ojos se fijaron sobre ella, y con un susurro dijo: “No lo sé”.

“No le creo”

“No estoy mintiendo. Le estoy diciendo la verdad”

“Esas fueron sus palabras. ¿Qué significaban?”

Él negó una vez más. “No sé por qué las dije”

“Usted me miró a la cara…” ella estaba furiosa, sus manos se movían de la manera en que los padres usan con sus hijos para enseñarle las cosas.

Y como si su propia furia hubiera estallado logrando alcanzar las emociones del cura, él bajó la mirada, “Lo único…lo único que quería era servirlo…lo único que quería era servir a mí Dios…”

Él movió la cabeza, cerró los ojos, y empezó a susurrar para sí mismo, rezando aparentemente.

“Adelante”, dijo Scully, “Puede pedir por su lástima, pero no espere lo mismo de mí”

Ella estaba casi en la puerta cuando el cura empezó a hiperventilar. Temblando, la miraba suplicante, y ella sintió que lo estaba fingiendo para tratar de obtener lo que ella le había negado.

Incluso dijo, “Puede dejar la actuación cuando desee”, pero en segundos lo supo… La Dra. Dana Scully reconoció los signos: Éste era un ataque.

Retornando hasta el sofá, ella puso sus manos sobre sus hombros. “Míreme”, le exigió, pero su cabeza giró como la de una muñeca rota, y sus ojos se blanquearon mientras se tragaba su lengua.

Ella sacó su celular, marcó el 911, y atendió a su nuevo paciente.