9 de marzo de 2009

I Want To Believe: El libro XX

El Complejo
Virginia Rural
11 de Enero


De regreso en su caja de madera, Cheryl Cunningham (en posición fetal y la manta hasta el cuello) dormía. Había dormido por varias horas, soñando que se encontraba en algún lugar mejor, cuando algo metálico cayo y la hizo despertar de su sueño, regresándola a la realidad. Sus ojos se abrieron, al escuchar otro sonido, nuevamente metálico. Se sentó sobre sus rodillas intentando ver por uno de los hoyos que sucedía.


El sonido había sido provocado por las puertas de las jaulas al abrirse y chocar con el piso. El doctor, el alto, en su traje de médico, iba jaula tras jaula dejando salir a los pit bulls. Los tomaba del collar y los dirigía a una puerta pequeña, del tamaño de los perros, en una de las paredes, haciéndolos pasar por ella sin ninguna protesta por parte de los animales, esa era sin duda una rutina a la que estaban acostumbrados. La mujer en traje blanco, hacía lo mismo.


Cuando las jaulas estuvieron vacías, el trabajo estuvo completo, y el doctor se movió hacia donde estaba Cheryl y la miro a través de los agujeros.


Cheryl, aún de rodillas, lo miró de la manera más suplicante. “Por favor…tengo una familia. Tengo padre y madre, igual que usted. Quiero verlos de nuevo. Por favor. No quiero morir. ¿Podría escucharme…?”


El doctor sonrió amigablemente y le habló, pero en ese idioma que Cheryl creía era ruso.


“No lo entiendo”, le dijo. “No puedo. ¿Cómo…?”


“¿Tú…quieres…besos?”


La extraña pregunta, en un ingles mal hablado, la habrían hecho reír en otra oportunidad, pero esta vez solo la asustaron. Ella solo pudo mirarlo, mostrando no compresión.


Luego, el metió una mano en el bolsillo de su bata y la saco sosteniendo unos objetos plateados, que introdujo por la ranura para la comida. Kisses de Hershey.

Ella los ignoró, y le volvió a hablar. “Necesito ir a casa, por favor. Necesito ir a casa”


Pero él se paro y empezó a caminar, e hizo a un lado la cortina de plástico, para ingresar a la brillante habitación donde momentos antes le habían sacado muestras de sangre.


“No me deje”, gritó. “No me deje…”, repitió esta vez con la voz apagada por el sollozo.


Solo que él ya se había ido.